Luces

Mejor 2021

Confiamos que esta nueva vuelta al Sol elimine todos «los males» del año pasado. Y le echamos la culpa de todo al coronavirus. No quisiera yo generalizar, cuando precisamente quiero escribir de todo lo contrario. Pero me permito la licencia de hacerlo en esta primera premisa.

Y es que tengo que confesar que he estado algo saturada de las felicitaciones de año nuevo, donde se deseaba olvidar el año 2020, y se le ponía como culpable de todo…Esto me ha hecho pensar en cómo construimos nuestras creencias y valores a través de las historias, y es que tendemos a simplificar, y nos movemos en absolutimos. Me explico, necesitamos tener un bueno y un malo en la historia. Necesitamos tener unas víctimas y un verdugo, y afianzamos tanto esa teoría que la convertimos en absoluta y surge en nosotros lo que se llama sesgo de anclaje.

Y sinceramente, me he saturado de recibir estos mensajes, porque también es prejuzgar, ¿por qué me deseas que el 2021 borre mi 2020? Ha sido un año duro pero…He sido afortunada, porque la salud ha acompañado a mi familia y amigos, el trabajo también, y por supuesto el amor, el nacimiento de proyectos…El compartir las 24 horas de mi vida con la persona que más quiero. 2020, para mí, ha sido un regalo, me he parado a pensar, he tomado decisiones.

He dado clases y sesiones de coaching desde la ventana de mi Mac, sin moverme de mi casa, he profundizado más en cada persona que tenía al otro lado de la Wifi, he conseguido mejores resultados y todo ello…Desde mi casa, vestida de cintura para arriba, poniendo lavadoras mientras daba clases de asesoramiento financiero. Poniendo en marcha la thermomix mientras daba clases de liderazgo. Entre sesión y sesión de coaching recibiendo la compra online, y entre medias de todo ello darle un beso a mi marido. Perdóname, no quiero borrar 2020 de mi vida, me ha traído a las «raíces de la vida», me ha hecho anclarme en mi propósito, me ha hecho volver a ser niña, aburrirme, bendito aburrimiento, donde surgen las ideas, donde soñamos despiertos. Sé que, como yo, habrá muchas personas. Y por desgracia, hay muchas para las que el año 2020 ha sido duro, duro de verdad, toda mi generosidad para quienes han perdido algo. Pero no le demos el poder místico a las vueltas al Sol, no pidamos a 2021 que arregle cosas. Todo esto depende de uno mismo, de la fuerza, voluntad y ganas que le ponga. También, simplemente hay cosas que no se pueden arreglar. Aprendamos a no controlarlo todo…Porque no podemos, «escoge tus batallas», yo escojo no luchar contra lo que no se puede, y no darle poder a quien/ o que, no lo tiene en realidad.

Deseo un mejor 2021, porque todo se puede mejorar, que lo que 2020 haya traído bueno, se quede, y lo malo, que aprendamos de ello. Simplemente hemos venido a este mundo terrenal a vivir, y todo lo que nos ocurre es parte de la vida. Mejor 2021, mejor vuelta al Sol, en este viaje, quién sabe qué vendrá…

Luces

Ruido

Definición: Sonido inarticulado, sin ritmo ni armonía y confuso.

Ruido en mi cabeza de manera constante, pensamientos yendo y viniendo, recuerdos que aparecen sin saber por qué, caras que vienen a tu mente un domingo por la tarde. Whatsapp que borras, grupos de los que sales, pisadas que se borran en la playa de Riazor.

La necesidad de pertenecer a algo más, de ser uno más y a la vez la necesidad de salir de ello, de ser diferente, de apartarte de seguir caminando.

Hace un tiempo que me di cuenta que mi meta estaba lejos, que el camino no era recto y que las señales de dirección se habían tapado. Hace menos tiempo que decidí disfrutar del camino. En cuando mis pies pisan la arena de la playa camino sin intención de llegar a un sitio a otro, me paro, huelo el océano tras la mascarilla, meto un pie y me dejo llevar por las olas. Pero sobre todo, me paro a mirar las conchas, a mirar las piedras, las cojo, las miro, y las devuelvo al mar. La gente a mi alrededor me adelanta varias veces, siguen una autopista invisible en la arena, ¿ dónde van, qué hay al otro lado? Yo voy a quedarme un rato más en la arena, en el cielo y en el mar, sin ninguna meta, sin ningún lugar, intentando poner armonía, darle ritmo e intentando articular mis, tan confusos, pensamientos.

Luces

Caos

En mi agenda tengo una entrada que salta cada quince días, que reza: «Escribir blog».

Muchas veces esa cita la paso de día en día, porque no tengo tiempo, porque no tengo ganas o porque, simplemente, sé que no puedo publicar lo que quisiera, en ocasiones, expresar. Pero hoy…Hoy estoy inspirada. Publiqué hace dos días, ¿y qué más da? ¿Por qué tengo que seguir una norma que me autoimpuse? Las personas funcionamos así, como decía el Joker: » Seguir con el plan establecido, aunque sea algo maligno, nos hace no entrar en el caos.»

Pues hoy yo voy a entrar en el caos un rato, con mi mopa y mi sanytol, por si acaso. Pero resulta que…(Escribía antes que estaba inspirada.) Corrijo, me han inspirado. Una amiga me ha enviado, la publicación de una conocida por instagram. Y resulta que…Es poeta…Un sueño leerla, con toda su intensidad, con todo su ruido y me ha hecho mirar las cadenas que me he atado a mí misma. Expreso, cuento, comparto, pero no vomito palabras. Son las siete y media de la mañana, y no he empezado el día como de costumbre. Desayunando, haciendo deporte, duchándome, maquillándome y dando una clase tras otra, no. Hoy no está siendo así.

Hoy he visto las publicaciones de esta conocida por instagram, le he dado las gracias a mi amiga. Y me he venido directa al despacho…Tengo un cuaderno forrado con agua y cola (idea de Art Attack) y tengo las poesías más profundas, más oscuras, más frikis y más únicas que he escrito en mi vida. Tenía once años, un cuaderno entero, un cuaderno de anillas, de cuadrilla, forrado con cola y agua, pintado de marrón, con una L gigante en el medio. Hablaba de amor, a pesar de no haberlo conocido. Rebeldía. Me sentía una mujer encerrada…He mirado de frente a esa preadolescente que soltaba sentencias con un boli bic y le he pedido perdón, porque la llevo atando con grilletes a una pared desde hace muchos años. Desde que me puse normas, desde que dejé que me las pusieran.

Me canso de vivir a 200 km por hora, ayer se lo decía a una colega de profesión. Quiero parar, ayer paré, quiero pensar, ayer pensé. Volví y re-conecté con algo o alguien que había olvidado: YO. Ayer pasó algo nunca visto en mucho tiempo…Hice un examen manuscrito, desde la universidad no había escrito tantas hojas. Un examen del certificado de docencia, donde había tres ejercicios, había que desarrollar una clase, solucionar un conflicto en una clase y hablar en positivo sobre una queja… Wow, mi boli rosa echaba humo. Ayer volvía a mi infancia, a mi pre-adolescencia. En un descanso salí con mis compañeros de certificado a tomar el aire, aire filtrado por mascarilla, y hablamos de barcos, de Filipinas, de informática y de estudiar. En ese momento mi hermana pequeña rompía aguas. La vida venía a mí. Y es que hace un tiempo que echo de menos tener compañeros con quienes irme a desayunar, a quienes dar los buenos días y contarles que he perdido el bus, o que fíjate, voy a ser tía por cuarta vez, por lo inmensamente feliz que eso me hace. Tener compañeros que me cuenten que han hecho magdalenas y les han salido mal, con quien reírme por las anécdotas diarias o para hablar de barcos, Filipinas, informática o de estudiar chino.

18 de noviembre de 2020, 8:00 A.M. mi teléfono suena, mi cuarto sobrino acaba de nacer, bienvenido a este mundo de locos Marco. Bienvenido a este hermoso caos. Como regalo de nacimiento te llegará una mopa y un sanytol, por si te pareces en algo a tu tita.

Y el mundo hoy se ralentiza de nuevo, las obligaciones, las preocupaciones ocupan otro lugar en mi mente y en mi cuerpo. Ahora sólo pienso y siento a mi hermana pequeña. La vida viene a mí.

Luces

¿Qué soy?

Desde hace algo más de un año me cuesta explicar a lo que me dedico, porque son muchas áreas, son muchas profesiones…Al principio respondía a la pregunta con un –Soy formadora-. A lo cual mi interlocutor me preguntaba -«de qué«-. Al principio había un gran silencio mientras reflexionaba profundamente sobre –¿Qué enseño, qué hago?

Con el tiempo cambié mi respuesta a soy formadora y coach, de nuevo, mi interlocutor me volvía a preguntar lo mismo que antes -de qué. Y, ¿qué enseñas? ¿Qué hace un coach?- Y de nuevo se provocaba un gran silencio por mi parte, porque no sabía cómo explicar a lo que me dedico.

En otros foros, donde saben que soy autónoma/empresaria, hay quien pregunta directamente -¿Y dónde tienes tu tienda?- O cuando saben que me dedico a la formación –¿Dónde tienes tu academia?

Llevo un tiempo dándole vueltas a este asunto. ¿Qué soy? No soy autónoma por elección, lo soy porque es la única manera que he encontrado hasta ahora para dedicarme a lo que me gusta. Un régimen en la seguridad social no debe definir una profesión. Los autónomos ocupamos todos los epígrafes de la Seguridad Social, nos dedicamos a tan diversas profesiones como existen, de hecho, hasta las inventamos, las nuevas profesiones surgen de nuestro colectivo. Y muchos autónomos no tenemos «tienda», o trabajamos desde casa o en un coworking o en las instalaciones de nuestro cliente. A veces, lo único que tenemos en común es que somos socios directos de Hacienda.

En diciembre finalizo mi certificado de profesionalidad como Docente de Formación para el Empleo, en el que tanto estoy aprendiendo sobre esta profesión que ejerzo. Y desde que comencé a estudiarlo, a la pregunta respondo – Soy docente de formación para el empleo y coach organizacional, que traducido al castellano, soy profesora para adultos en el puesto de trabajo y ayudo a empresas y personas a continuar hacia adelante.-

Hace semanas que he decidido responder de otra manera a esta pregunta. Soy Lorena Fernández, una mujer con buen sentido del humor, abierta a nuevos proyectos, dispuesta a vivir cada momento que esté en este mundo, y para ello mi profesión es ser profesora, es ser acompañante en el desarrollo personal y profesional de las personas. Especializada en comunicación y finanzas. Una mujer decidida, que sabe lo que quiere, que cree firmemente en las colaboraciones entre iguales. Una mujer que cree en el aprendizaje colaborativo, en dejar a las personas adultas libertad para expresarse, para ventilar sus preocupaciones y para centrarse. Soy profesora, coach, mentora, esposa, hija, hermana, amiga, tía, cuñada. Soy muchas cosas más de las que indica mi epígrafe de la Seguridad Social. Y mi profesión define una parcela sobre mí, pero no todo. Y el hecho de ser autónoma no significa que me guste o no serlo, ni que tenga que tener una tienda o que me tenga que quejar de mis impuestos.

Estoy convencida de que toda la vida continuaré buscando espacios y colaboraciones que me permitan continuar acompañando a personas. Pero nunca podré decir que mi régimen o mi epígrafe sea el mismo siempre. Las personas somos diversas, y tenemos muchas inquietudes. Cambiamos con el paso del tiempo, con la marca de las experiencias. Por favor, no me pregunten más qué soy cuando quieren conocer mi profesión…Porque me cuesta mucho responder, soy muchas cosas. Mejor pregúntenme hacia dónde voy y les contaré mis proyectos.

Luces

Caminante no hay camino

He hecho el Camino de Santiago dos veces, además de varias etapas sueltas en alguna que otra ocasión. Todas ellas distintas. Ya no por el paisaje, lo que cambia de otoño a primavera, o por la compañía, sino también porque de alguna forma, yo he sido diferente en cada ocasión.

La primera vez tenía quince años, nunca olvidaré ese viaje con el instituto, durmiendo el albergues, cantando por los senderos, riendo a todas horas. Por las mañanas el baño de chicas se llenaba de vergüenzas y postureo, cosa que cambiaba por las tardes, cuando ya teníamos los pies llenos de ampollas. Recuerdo que uno de nuestros profesores llevó un libro en blanco, para que plasmáramos en él nuestros pensamientos y reflexiones. También recuerdo que lo llené de ellas, al lado de las firmas de mis compañeros donde escribían su firma con su «mote» durante hojas y hojas. Esos espacios los llené de poesías. Ojalá pudiese volver a ver ese cuaderno, porque cada vez que leo algún poema de mi adolescencia me baño de pureza y generosidad del alma. Con quince años tienes el alma pura, tienes el alma destrozada por el amor, desgarrada por la incertidumbre y llena de esperanza por el futuro.

Esa chica que con quince años hizo el camino no era la misma que lo hizo con veintinueve. Fue unos meses antes de casarme, y ahí no había cuaderno, tenía un gran conversador al lado que escuchaba todas mis reflexiones, todos mis pensamientos, y yo los suyos. Ahí me planteaba mi futuro laboral, mi futuro personal. Pero entonces, con el alma menos dolida que una adolescente, casi desde la serenidad, pero con la misma esperanza e ilusión. Recuerdo llorar al llegar a Santiago, no por el dolor de pies o de caderas de caminar durante días, sino por demostrarme a mí misma, de nuevo, que puedo hacerlo.

Esta semana caminé como mentora, con diferentes emprendedores con una gran humildad para pedir ayuda. Fue un hermoso día donde conocí a muchísima gente con una gran historia detrás. Amenazaba lluvia, y en cambio nos quemó el Sol. Una de ellas me comentó que casi no venía por esto –Dónde iba a ir con ese tiempo de perros. Luego se alegró tanto de haberlo hecho porque, precisamente ese día, se había dado cuenta de la estrategia que necesitaba para su negocio. –Que la lluvia no te pare. Si en Galicia nos quedásemos en casa cada vez que dan lluvia, nunca haríamos nada- Un amado sabio que tengo cerca dice esto.

Estos días, donde por otras circunstancias he tenido mucha ansiedad, pienso en el «Camino», en cómo algo tan sencillo como es la capacidad motora de hablar y andar cura el alma. Con cada paso vas solucionando tus «enredos«, con cada kilómetro ves más claro tu objetivo, y al llegar a la meta te das cuenta de que puedes hacerlo, y que puedes hacerlo bien. Lo más importante en el camino es respetar tu cuerpo, cuidar bien donde pones el pie para no lesionarte, ir con calma, planificar bien.

Esa primera vez que hice el camino con quince años escuché la frase- Camina como un viejo, y llegarás como un joven. Camina como un joven, y llegarás como un viejo.- Y después de resonar en mi cabeza varias veces este fin de semana, decidí no abarcar más de lo que podía hacer, decidí seguir caminando como una vieja…Y la ansiedad se evaporó como las gotas de lluvia en las hojas de los árboles.

Luces

Ferias

-Hola mami, ¿cómo estás?

-Bien hija, aquí, de día libre.

-¿Y eso?

-Hija, es festivo en Salamanca, son las fiestas.

Y de repente se hizo el silencio. Son las ferias, como así las llamamos los salmantinos. Se me había olvidado. Una fecha que siempre ha estado bien señalada en mi calendario. Es casi igual de importante volver a casa en ferias que en navidad. Es cuando te reencuentras con la familia, cuando sales «de casetas» con los amigos.

A mi mente no dejan de venir imágenes de todas las ferias que he vivido, si voy a cumplir 33, he vivido 31, porque este año… No cuenta. Siempre he pensado en la suerte de que la gran fiesta de tu ciudad sea en septiembre. A mí vienen olores de algodón dulce, patatas fritas y churros. Me ciegan las luces de colores y el sonido de la atracción «la masa«, los chillidos de los niños en los toros mecánicos y el estómago se me va para arriba pensando en la montaña rusa. Las moscas revolotean cerca de mis orejas, según imagino el camino hacia los ponis.

Recuerdo la cara de mi hermana pequeña, a mi lado, en el asiento de atrás del coche de mi madre, volviendo de pasar el mejor verano de nuestra vida en el pueblo. Con las rodillas llenas de costras, y con olor a lumbre aún en nuestro pelo. Volvíamos de ser salvajes y silvestres, volvíamos a casa porque empezaba el colegio, pero al llegar, con el atardecer a nuestra espalda, visualizamos la noria desde el retrovisor, y empezamos a saltar de alegría y emoción.

Volver era mejor, si tenías las ferias de Salamanca.

De adolescente, no me olvidaré de bajar con mis amigos hacia la Aldehuela, con nuestras mejores galas, que eran camisetas cortas y pantalones de campana. Queríamos aparentar ser mayores, hasta que llegaba el momento de subir en los «coches chocones», donde nos daba igual las plataformas o que se nos movieran las mechas, volvíamos a ser niños.

Ahora…Las ferias eran el reencuentro. Cuando volvía con mi familia, mis amigos, volvía a ver a los amigos de la facultad, a mis amigos de mi primer trabajo…Volvía a mi gente, volvía a comer «lomos» en las casetas, a bailar con canciones de Camela y el Barrio, sin importarme, a reír hasta que me dolía la cara. Nunca pensé que me podría olvidar de mis ferias, aquellos momentos que me hacen volver a ser niña, volver a ser adolescente y llenarme de sabores, olores y luces.

Hoy brindaré por vosotros, desde la playa de Riazor, pensando en nuestra hermosa Plaza Mayor. Pensaré y reviviré todos esos momentos. Ese será mi programa de Ferias y Fiestas de Salamanca 2020.

Luces

Aprendiendo

«Sólo sé que no sé nada»Sócrates.

Creo recordar que fue en primero de bachiller, en clase de filosofía, cuando leí por primera vez esta frase. Pensé – Vale, muy bien, esto lo escribió un filósofo hace mil años. Está totalmente desactualizado.-

Con mis quince años, o quizá antes, tenía la idea de que a una persona le valoran por las respuestas que sepa dar. En mis exámenes, si no sabía las respuestas, suspendía. Y luego, al comienzo de mi vida laboral, si no sabía la respuesta, mis jefes o mis clientes no me iban a respetar. Mi opinión, consejo o palabras dejaban de tener importancia si admitía ser ignorante en algo.

Comprendí que, además, por ser una mujer joven, en una profesión en la que gestionaba el patrimonio de otras personas, tenía que saber absolutamente de todo. De esta manera conseguiría que me valorasen igual que a mis compañeros masculinos. No me permitía no tener la respuesta.

Me he llevado muy malos ratos cuando mis clientes venían a reprocharme que alguna de sus inversiones no había salido bien. O que habían apostado a algo que habíamos hablado…Y, no se cumplieron sus expectativas. Llegué a tener ansiedad. A veces mis domingos eran un auténtico purgatorio, me aterraba lo que podría ocurrir el lunes. Quizá algunos jefes no ayudaban, personas que en vez de ayudarte, te dejan sola ante el peligro.

Me di cuenta de que tenía que solucionar esta situación, que no podía tener el peso del mundo en mis hombros. Que no podía sentir culpabilidad si la bolsa bajaba o si venía una crisis económica.

Fue, cuando esa frase: «Sólo sé que no sé nada», tuvo sentido para mí. Sólo sé que no sé nada…¿Qué tal si empiezo a preguntar a la gente qué es lo quiere…En vez de aconsejar? ¿Qué tal si empiezo a preguntarles más? ¿Qué tal si son ellos quienes toman sus propias decisiones?

Fue difícil, desde luego. Pero desde entonces, mis hombros van más ligeros. Verbalizo mis carencias, pido opinión, contrasto informaciones, practico la escucha activa, la empatía y procuro no emitir juicios de valor.

Soy formadora, coach y asesora financiera. Esto me habilita para muchos oficios…Pero sigo estudiando constantemente, sigo aprendiendo porque quiero suplir mis carencias, tengo inquietudes y creo que mis clientes merecen lo mejor de mí.

Hay personas que denostan a quienes seguimos estudiando…Hay quien dice pero para qué quieres más títulos, para qué quieres seguir invirtiendo tu tiempo en aprender. Yo les respondo: Pienso seguir aprendiendo hasta que mis ojos se cierren. Ojalá sea dentro de mucho tiempo. Porque tengo tanto que aprender.Porque a mis 33, y pese a mis estudios y mi experiencia. Amigos- Sólo sé que no tengo ni idea…De nada.

Luces

Llenar la nevera

Odio tirar comida. Por eso, desde hace unos años, mi nevera tiene lo justo y necesario. Lo cual algunas personas pueden considerar que es poco. Cocino los domingos para toda la semana, guardo la comida en tupers y los meto en el congelador. Por eso en mi nevera, en raras ocasiones, hay vegetales, carnes, pescados,…porque ya están cocinados. 

Es una manera de ser ecológico, ordenado y responsable. No obstante, siempre que vienen visitas a casa, ocurre lo mismo: –Pero si no tienes nada en la nevera.

Incierto. No tengo muchas cosas en la nevera, pero sí lo suficiente. No como yogures, como fruta, y como compro semanalmente la tengo fuera, no tengo que mantenerla porque la como a tiempo.

En fin, que estoy pensando en poner una pegatina en el puerta de la nevera que indique: antes de comentar mira los tupes del congelador, o el frutero y almacén. Eso sí, siempre, siempre tengo unas Estrella Galicia, aceitunas y cacahuetes, para quien se preste a pasar a visitarme. ¿Qué más esperan? ¿Acaso le reconforta a la gente ver filetes crudos, filetes que a saberse cuánto llevan ahí, yogures caducados, coca-colas…?

Desde que soy freelance miro mucho más mi nevera que antes, ya que trabajo desde casa. Y es verdad que, a veces, parece desolada. Una de las cosas que me daba miedo de trabajar desde casa eran las pausas, pensaba que iba a zamparme la nevera entera. Pero, sorprendentemente, no ha sido así, sino todo lo contrario. 

Cuando trabajaba en oficina desayunaba dos veces, una en casa y otra en el bar con mis compañeros. El desayuno del bar no era precisamente «healty». Iba desde un pastel de chocolate, a unas tostadas con mantequilla y mermelada, o un pincho gigante de tortilla. Sin embargo, ahora, cuando trabajo desde casa, desayuno por la mañana pronto y luego simplemente tomo unas sanas almendras.

Tenemos todo lo que necesitamos, a lo que me pregunto: ¿Quién determina si tengo mucho o poco en la nevera? ¿Acaso es mejor tener ingentes cantidades de comida que no vas a comer, o que comerás en mal estado en algún momento?

Menos es más, se dice, llevado a la práctica, suficiente es lo justo. Así que la próxima visita que venga, abra la nevera y suelte la frase -“en la nevera no tienes nada”-, o -“necesitáis un piso más grande, otro coche, más muebles, más…”- Le responderé – Si lo necesito ya sé dónde buscarlo o dónde tener más, tengo suficiente, ni mucho ni poco, lo justo.

Ahora que ya no tengo un salario fijo, me preocupa más que nunca llenar mi nevera, la expresión, no la realidad. Y los días que tengo menos volumen de proyectos, miro mi nevera llena de imanes a lo lejos. Me acerco y veo que está óptima, que no vacía. Y me paro a mirar en esos imanes, imanes de los viajes que he hecho en los últimos años. Creo que llenar la nevera, para mí, tiene otro sentido. No es llenarla por dentro, es completar su puerta con imanes, llenarla de fotos, llenarla de mi vida…Es lo que alimenta mi alma.

Y tú, ¿cómo tienes la nevera?

Luces

Saboteadores

Esta semana he finalizado un precioso proyecto en el que he tenido la oportunidad de acompañar, como coach, a diez directivas y directivos durante medio año.

El día que tuve la última sesión con cada uno de ellos fue como una despedida en un aeropuerto. Triste, pero a la vez emocionante por ser testigo del viaje que emprenden.

He de confesar que ha sido uno de los proyectos que más me han llenado desde que inicié mi aventura, y quizá tenga que ver que por el medio nos ha arrollado la pandemia, y eso nos ha hecho profundizar en sentimientos, en ideas, en miedos…Sobre todo, lo más especial y lo que más les ha permitido avanzar es que hemos identificado a esos saboteadores internos que a todos nos dicen: No puedes, ¿quién eres tú para hacer esto? Eres un fraude.

Es curioso tomar consciencia de que, a pesar de nuestras grandes diferencias, casi todos los seres humanos tenemos algo en común, y es que nos preocupamos por nuestra comunicación externa y cuidamos bien poco la interna.

Viendo que esto era común en todos, decidí invitarles a mantener una conversación con su pepito grillo, aislarse de los estímulos externos por un momento y centrarse en mantener el hilo, ver de dónde venía esa advertencia, si tenía fundamento, si era real o un invento.

Con el paso de las semanas, esas conversaciones se iban haciendo más profundas, algunos incluso llegaron a hablar con su «yo adolescente» y su «yo niño».

Mantengo desde hace mucho tiempo, que los adultos seguimos siendo esa niña o niño que jugaba en el patio del colegio. Que nuestros miedos, en esencia, son los mismos que teníamos entonces. Que nuestras relaciones siguen el mismo patrón. Simplemente lo disfrazamos y adornamos con suplementos de adulto.

Ahora me siento con la confianza de afirmar la necesidad que tenemos de volver allí, de encontrarse…Y para ello no hay nada mejor que acompañarte de esa crítica vocecilla, de ese saboteador interno que todos llevamos. Porque algunas veces tiene razón, y nos indica qué tenemos que trabajar. Y las muchas otras veces que no la tiene, si nos tomamos la molestia de tener esa conversación, nos hará ver que lo que pasa es que tenemos miedo a algo.

Para avanzar, no hay que huir los miedos, ya no digo afrontarlos…Para empezar, tenemos que reconocerlos. Y ser más amables con nosotros mismos, igual que damos las gracias a los demás, igual que somos amables y decimos te quiero a terceros; debemos empezar a tener esa amabilidad con nosotros y a decirnos también te quiero, a escucharnos…Al fin y al cabo pasamos una pequeña parte del tiempo con otros, pero 24 horas al día con nosotros mismos. Llámalo salud mental…Llámalo también cuidar de ti. Y es que cuidando de ti, cuidas al resto.

Gracias saboteadora, gracias Lorenza, que es como se llama la mía. Porque desde que la escucho he avanzado. Veo las cosas en las que tiene razón y hago lo posible por corregirlas, y en las que no la tiene, ella ya me alerta – Lorena, esto es un miedo y viene de este lugar, de este momento preciso…No es real, es una alucinación. Olvídalo.

Luces

Aviones y tampones

Noviembre de 2019:

Acabo de llegar a Madrid, son las 7:40h de la mañana, llevo despierta desde las 5:00h. Eso no es lo importante, ni lo curioso. De nuevo, en pleno vuelo me ha venido la regla, sí, inesperada otra vez, cuatro días antes de lo debido, en los aires. En la primera ocasión me salvaron de un desastre las azafatas del avión pilotado por Vueling, en esta ocasión ha sido una camarera de la cafetería Faborit, bajo la torre Azca.

Hace un mes volaba en un vuelo de madrugada hacia Barcelona, para certificarme como facilitadora del Modelo Sikkhona. Me quedaba en casa de Laura, mi mejor amiga, por lo que mi maleta iba sólo con ropa y cuatro cosas importantes. Lo mejor de instalarte en la casa de una persona que es como una hermana para ti, es el abuso que puedes hacer de sus elementos de aseo, bisutería y si me apuras zapatos y ropa. Cuando voy a pernoctar en casa de una amiga, de una buena amiga, hago una maleta fácil, aunque siempre pienso en llevar un regalo, luego nunca lo hago, porque prefiero regalar plantas, así pago mis pernoctas y ese pacto no escrito de robarnos absolutamente todo.

-Ay, esta crema es para pieles sensibles, te la cojo, ¿usamos estas mascarillas que tienes ahí abandonadas? ¿Por qué no me prestas estos pendientes, que me van geniales? Ya te los devolveré.- A veces encuentro cosas en mi casa, o cosas en las casas de mis amigas que son de ellas o mías.

Hay algunas pertenencias, que pasan a ser de la otra persona, y si la quieres volver a usar se la tienes que pedir. Me ocurrió hace años, cuando vivía en Ourense con mi amiga Susi.

Tuvimos la estupenda idea de ser personas sanas y hacer deporte juntas. Era mi compañera de trabajo y pasábamos tantas horas juntas, tantas horas sentadas, que decidimos darle una vuelta a eso y mover el culo, nunca mejor dicho.

Sin hacer muchos preámbulos ni reflexionar nuestro impulso de salir a correr por la ladera Del Río Miño esa tarde, allá fuimos. Ni siquiera tenía zapatillas de deporte decentes, las últimas que había usado estaban en Salamanca, en casa de mis padres, o eso creía, si no las habían tirado porque en realidad tenían más años que yo misma. Salí a comprarme unas zapatillas de deporte, de esas que corren mucho, con la suela especial, los cordones especiales, la lengüeta especial; vaya de esas que sólo de mirarlas tienes la sensación de haber corrido por varios kilómetros. Me las calcé, y me puse una sudadera color rosa palo de la Universidad de Salamanca, adoraba esa sudadera, no me explico por qué la llevé puesta, pues ya entraba la primavera y eso en Ourense, significa estar en pleno verano. El hecho es que la llevé con mis poderosas zapatillas nuevas.

Cuando llegué al puente romano, donde había quedado con Susi, la vi tiritando, al parecer ella tampoco había elegido con cuidado su outfit para correr como pollos ese día, por lo que le presté mi sudadera rosa palo de la Universidad de Salamanca, la cual adoraba.

Sólo haré una mención a los escasos dos kilómetros que recorrimos: Patéticamente decepcionante. Acabamos jugando en un parque que hay a medio camino entre el puente y las termas de Outariz. Fue la primera y última vez que quedamos para correr. Ahora lo pienso y fue un error, porque hacía millones de siglos que ninguna de las dos hacía deporte, correr es aburrido y no habíamos establecido ningún plan. Si nos hubiésemos apuntado a clases de baile habríamos disfrutado mucho más. El hecho de esta historia es que Susi, a día de hoy, siete u ocho años más tarde sigue teniendo mi sudadera color rosa palo de la Universidad de Salamanca. Pero a mí esto me hace feliz, porque cuando la vea en su armario, cuando la vaya a visitar, diré:

-Anda mi sudadera de la uni, ¿me la prestas que hoy hace fresquito?

Porque ya no es mía, esa sudadera es de Susi, igual que son míos unos pantalones de animal print que me prestó con dieciséis años mi amiga Pachi, que me los puse hasta aburrirme de ellos, que estarán en algún lugar en casa de mi padres. 

¿Desapego a las cosas o solidaridad?

Las chicas que en estos dos viajes de avión me han prestado un tampón o una compresa, tampoco me lo pedirán, por razones evidentes. Que no se atrevan a decirme que las mujeres competimos entre nosotras, que nos pisamos y que no somos solidarias. En un avión, en una cafetería a punto de entrar en una reunión con un importante cliente, hasta tu mayor enemiga te buscaría un tampón dentro de un volcán, porque eso es precisamente lo que nos une. 

Escribo estas líneas mientras disfruto del café en el Faborit, donde de vez en cuando alzo la vista y miro a la chica que me ha “prestado” un par de compresas, tiene una cola inmensa, la gente que trabaja en el edificio Azca ha bajado a desayunar, tiene una sonrisa para todos los clientes, y se preocupa de qué tipo de leche quieren, les desea un feliz día. Casi nadie la mira a los ojos, no lo saben, no saben que es una heroína, que ha salvado la reunión a esta mujer, que toma un maravilloso café, y disfruta de momentos como éste en el que siente que hasta en una ciudad grande y a veces impersonal como Madrid, donde muchas personas son egoístas, hoy, una mujer desconocida ha ayudado a otra. Cuando acabe, apagaré el iPad, iré a mi importante reunión y saludaré de lejos a mi heroína, con una amplia sonrisa le enviaré desde la puerta todo mi cariño. 

Dedicado a todas las mujeres prestadoras de tampones.