¿Qué pensarán las gaviotas?
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¿Qué pensarán las gaviotas?

Desde ayer, las calles de las ciudades y pueblos han vuelto a llenarse de personas. A todas horas, nosotros, esos animales con ropas de colores y artilugios, hemos retomado los espacios que nos fueron vetados durante casi dos meses.

Salir a la calle, notar la brisa marina en la cara, el viento en el pelo, los rayos de sol sobre la piel se han convertido en preciosos tesoros gratuitos.

Desde hace casi 50 días A Coruña pertenecía a las gaviotas. Hace no mucho, una de ellas se posó en mi ventana. Llegó desde algún lugar indeterminado, no sé si desde la derecha o la izquierda, si desde abajo o desde arriba, de repente estaba ahí. Cerré el libro que estaba leyendo y me quedé observándola con detenimiento, no quería asustarla por lo que no hice ningún ruido ni aspaviento. Sólo podía preguntarme de dónde vendría, cuál sería su historia…

Iria era una joven gaviota, oriunda de Las Islas Cies. Se crió en uno de los famosos nidos del Alto del Príncipe con dos hermanos más. Cuando ya tuvo fuerza, tamaño y valor suficiente echó a volar hacia el salvaje y hermoso Océano Atlántico. Un buen día, cuando contaba dos inviernos, le dijo adiós a su madre, para quizá no volver a verse nunca.

Iria adoraba planear muy cerca de la superficie del océano, le gustaba sentir el agua salada bajo sus alas y el viento sobre su cara. No obstante, la competencia y la inseguridad de vivir en alta mar le hizo acercarse a la costa. Durante cinco inviernos más, vivió en la costa de Vigo, cada día iba desde la capital, por el puente de Rande hasta Cangas, y cuando caía la noche volvía al enorme puerto de Vigo, donde esperaba ansiosa la llegada de los barcos pesqueros por la mañana.

Una noche, mientras dormía tuvo un enfrentamiento con un gato callejero, mucho más fuerte, con más hambre y desesperación que ella, asustada escapó y echó a volar. Durante toda la noche agitó sus alas tierra adentro, huyendo, para curar sus heridas, ya ni si quiera olía el mar cuando decidió descansar a la orilla de un río. A la mañana siguiente, le llegó un olor familiar, en el aire se dibujaba invisible el aroma a pulpo cocido. Se acercó a un puente, un antiguo puente romano de donde provenía esa delicia olorosa. Otras gaviotas paseaban por el puente, cercanas a las mesas donde los humanos comían despreocupados. Estas esperaban su oportunidad para hacerse con algo de comida, que de forma casi imperceptible caía al suelo. Una de las gaviotas se le acercó tímidamente- Hola, soy Uxia, tú no eres de por aquí, ¿verdad?

-Hola, soy Iria…No, yo soy de las Islas Cíes, he acabado aquí…no sé muy bien por qué razón, algo me atacó una vez, algo me asustó otra. Y ahora no sé dónde estoy, al menos veo que no soy la única gaviota. ¿Cómo se llama este lugar?

-Vaya, las Islas Cíes, siempre he querido ir, nunca he visto el océano, a pesar de ser una gaviota. Que yo recuerde, siempre he estado aquí. Esto se llama Ourense.

Con un gesto de sorpresa se dirigió a su nueva amiga. – ¡Ourense! Recuerdo a algunas de las vecinas de las Islas donde me crié hablar de este lugar. Dicen que aquí se come fenomenal.

-Uy, no lo sabes bien Iria, ven, te enseñaré cómo aprovechar la comida que los humanos dejan caer.

Durante dos inviernos más, Iria, junto con su entrañable amiga Uxía, descubrió como llenar su panza sin cazar, era feliz, tenía todo lo que una gaviota pudiese desear, o casi todo. Hasta que un día vio a lo lejos una furgoneta que portaba tablas de surf, no sabía lo que esto era, pero recordaba que los humanos las usaban en el mar…-Ay el océano…cómo lo echo de menos- Pensó tristemente.

Y sin grandes despedidas, Iria voló hacia donde su olfato le guió, buscaba su amado Océano Atlántico, y tras unos días de reposo en Santiago de Compostela, llegó a A Coruña.

Le pareció un sitio perfecto para comer, para dormir, y para formar la ansiada familia que tanto deseaba desde hacía un tiempo. Tras días recorriendo la ría de A Coruña, pasando por las playas de Santa Cristina, Bastiagueiro, Riazor…decidió montar un nido en el faro de Oza. Estratégicamente era el mejor lugar de la ciudad para criar, a pesar de la amenaza de las camadas de gatos salvajes.

Un mes después de llegar a la ciudad, Iria tuvo tres polluelos. Conoció el amor por primera vez, y estaba dispuesta a dar su vida por ellos, y enseñarles todo lo que había aprendido. Pero mientras esto pasaba, notaba que las cosas habían cambiado, que los humanos…ya no salían, que estaban encerrados en sus nidos.

Volaba por la ciudad constantemente, buscando terrazas donde los humanos comiesen despreocupadamente y poder llevarles alimento a sus polluelos. Sin éxito, ya que no había ninguna. Se encontraba con pocos humanos y muchos perros Una tarde soleada, Iria estaba cansada de volar, y se posó donde nunca antes pensó que lo haría, en el quicio de una ventana. Mi ventana.

En este momento conocí a Iria, ella no me conoció a mí. El reloj marcó las ocho de la tarde y la música y los aplausos comenzaron a sonar desde las ventanas, en ese momento, asustada por el ruido, desapareció de mi vida, de la misma manera que había llegado. Ahora, en mi paseo diario de un kilómetro de diámetro, busco a Iria entre las gaviotas de A Coruña, y me pregunto cómo estará. Seguro que ha conseguido sacar sus polluelos adelante, porque en momentos así, lo que vivimos en nuestra vida cobra el mayor de los sentidos. Lo que aprendemos de niños, como Iria a cazar, lo retomamos en los momentos difíciles de nuestra vida. Todo forma parte de un ciclo, nunca jamás me cuestionaré si lo que estoy haciendo sirve para algo, aunque sea aprender a coser, porque puede que…mañana…lo necesite.

Hasta siempre Iria, nos veremos en las terrazas, y prometo que dejaré que se me caiga un trocito de pulpo o un cacho de pan, para ti.

Un sábado cualquiera
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Un sábado cualquiera

Hoy hace una semana que no salgo de casa, como la gran mayoría de españoles. Y desde que ha comenzado todo esto me he dedicado a analizar el comportamiento de las personas, cómo actuamos de forma individual, dentro de nuestros grupos familiares o de trabajo y también, cómo actuamos en las redes sociales.

Y es hoy, sábado, después de haber hecho mi rutina de yoga, cuando me pongo por primera vez frente al ordenador a escribir sobre las cosas que me han llamado la atención en este tiempo. Y es que esto, para mí, comenzó como un juego de observación y desapego, quizá haya sido la manera de relacionarme con el miedo, o con la tristeza que te puede atravesar el alma al conocer la cantidad de personas que están sufriendo. Y ese juego lo he convertido en un cuento con unos personajes cuanto menos peculiares. Personajes con los que cualquiera se puede identificar, porque lo curioso de estos días es que nos hemos convertido en críticos de lo que dos días después, muchos hemos terminado haciendo.

El escenario es el mundo, las ciudades y pueblos en las que ahora los pequeños animales están entrando con cuidado, mirando a un lado y a otro, temerosos de que algún coche, algún cazador, algún ser humano al fin y al cabo amenace su vida. Son los ratones, las liebres, las hormigas y arañas, los caracoles, las gaviotas y palomas, incluso los gatos y perros abandonados, poco a poco empiezan a hacerse de nuevo con ese pedazo de tierra que también les pertenece, pero del cual les hemos echado por no saber convivir con ellos. A los ratones les matamos, a las liebres las cazamos, a las hormigas y arañas, ¿qué me decís? El escenario lo completan los transeúntes que van ligeros al centro de trabajo donde no tienen más remedio que acudir, son el personal sanitario, el comercial, los bancarios, los jardineros y basureros municipales…Junto con ellos, que caminan rápido para no perder tiempo, para no ser contagiados, están los osados que van a la compra varias veces al día y que pasean al perro durante horas.

El contexto: un virus amenaza la vida de los seres humanos y quien se contagia o muere o se convierte en zombi...¡Ay perdón! Eso deben pensar las personas que han conseguido que en HBO la película más vista sea «Guerra mundial z».

Los personajes los estoy trabajando aún, de momento han aparecido estos, pero tengo la sensación de que semana a semana se irá llenando la lista, el casting va a estar muy ajustado. Os presento al elenco inicial: Hombres grises faltos de empatía, los curas predicando en las redes sociales sin alzacuellos pero con librerías detrás llenas de libros que jamás han leído, otro personaje para mí son los aplausos de las 20:00h de la tarde (merecen ser personaje igual que Macondo lo era en Cien años de soledad), las personas hipocondriacas que van con bolsas de plástico en la cabeza mientras hacen la compra (me pregunto en qué estado estarán ahora, no se les ha vuelto a ver), los perros que se preguntan si ha llegado el momento de dar un golpe en la mesa y ser ellos la especie dominante, el empresario que antepone el negocio a la salud (aquel malvado de los comics, o como Scar en el rey león), la persona que predijo que esto iba a ocurrir (me la imagino en casa diciendo al aire: ¿Y ahora qué? con impotencia porque sabe que aunque se hubiese sabido en realidad, en el fondo, muy en el fondo, ¿qué más se podría haber hecho?), y está la persona que sólo ha comprado plátanos y cocacolas (sí,existe).

El hilo argumental son las emociones, los valores y lo que nos mueve y nos resuena a cada uno de nosotros, que pertenecemos a una tribu. ¿Te has identificado con alguno? Yo he pasado por unos cuantos ya, les entiendo, empatizo con ellos. Y no dejo de recordar algo que se aprende en el coaching y es que las personas no somos…las personas hacemos. Y yo desde hace días hago, hago lo que puedo, intento mantener el equilibrio con el «dar» y el «mantener a flote mi chiringuito». No salgo a la calle más que para tirar la basura cuando esta ya empieza a tener personalidad propia, salgo al balcón todos los días a las 20:00h, ya no por agradecer sino también por llorar y reír con esos vecinos que nunca hablo en el ascensor, intento hacer la vida más sencilla y feliz a las personas con las que convivo, llamo a mi familia todos los días (cosa que antes no hacía tanto). Sigo reciclando, sigo haciendo compras responsables, sigo teniendo lo justo en la nevera, sigo pensando en dar clases a largo plazo y sigo creyendo en la fuerza del ser humano, porque pienso firmemente que no es bueno resguardarse y afrontar el miedo detrás de una máscara invisible, una máscara que consiste en lapidarnos y criticarnos unos a otros. Ayudémonos, ayudémonos de verdad, como ya mucha gente lo está haciendo.

Hace días pedí a mis amigos y mi familia que dejaran de bombardearme de información sobre el coronavirus por el whatsapp, hace días que mis clases online y mis sesiones de coaching y mentoría las enfoco a cómo amoldarse a la situación actual, a no luchar con ella, a asumirla y autogestionarse lo mejor posible, a no desbordarse dando o quitando a los demás, a no consumir tanta fakenews ni horas ingentes de televisión absurda oyendo una y otra vez hablar de lo mismo.

Pero como el personaje de los curas en redes sociales ya no me cae muy bien…Prefiero no hacer lo mismo que él. Así que simplemente a quien lea este post le invito a que haga una reflexión: ¿Qué puedes hacer por ti y por las personas con las que compartes espacio ahora mismo? Nadie mejor que uno mismo sabe la respuesta acertada…Y ahora me doy cuenta de que en realidad este no es un sábado cualquiera. Porque no todos los sábados hago el esfuerzo por hacer reír a los duendes que habitan mi piso, no todos los sábados hago deporte con consciencia, no todos los sábados hago un puré de verdura para aprovechar lo que queda en la nevera, no todos los sábados juego al ajedrez, ni todos los sábados hago una party-videollamada con mis amigas, no todos los sábados habría escrito esto después de una gran reflexión. Es un sábado, sencillamente, genial.

Y tú, ¿haces o eres?

Bailando con lobas
Luces

Bailando con lobas

Este fin de semana ha sido uno de los más bonitos que he vivido en los últimos tiempos. Y digo bonito porque he comprendido y vivenciado lo que es la verdadera hermandad y sororidad entre mujeres.

Escribo la entrada hoy y no ayer, porque realmente me tomé el día de la mujer como una fiesta, como una celebración. Y aunque escribir para mí es uno de los mayores placeres, preferí vivir, mirar, sentir, bailar con esa manada de lobas que llenó las calles de A Coruña.

¿Y por qué es tan importante para mí el día de la mujer que decidí estar de «boli caído»? Porque es un día que no se queda en las palabras, en el que estas no sólo se pronuncian sino que se saborean. A pesar de coronavirus y amenaza de lluvia ahí estaba toda la ciudad, y me gustaría pensar que a quienes no estaban, les llegó la vibración de nuestros cuerpos y pudieron sentir una mano en el hombro aquellas mujeres y niñas que no pudieron asistir porque tenían una persona o personita a la que cuidar, una amenaza de su jefe que si acudían a la huelga es que no están comprometidas y buscarán otra persona…ojalá a todas vosotras os llegase lo que en las calles se vivió y no os sintieseis solas.

Especialmente pensé en aquellas que no salieron, no porque no pudieron sino porque piensan que con ello nada se va a conseguir. Y esencialmente lo piensan porque un día no puede cambiar la historia, los importantes son los 364 que quedan por luchar, por vivir, por celebrar lo conseguido. He decidido desde mi lugar en el mundo, que el día de la mujer sean esos 364 que no se celebran empezando por mí. Respetándome más, siendo más flexible, menos exigente, más disfrutona. Dejar de imponerme las reglas sociales a mi vida y empezar a cuestionar si las cosas que deseo en realidad las quiero o las lucho porque es lo que se supone que debo hacer.

Hoy escribo esta entrada por mí. Por mí, y por esa mujer que espero que esté leyendo estas líneas, aquella mujer que ayer no salió porque pensaba que no iba a servir para nada, que no tiene un grupo de amigas que le animó a salir, que tiene unos padres enfermos, que vive en el rural, que tiene una lucha interna, que se siente fuera de lugar, a la que han educado con otros valores y creencias… Lo escribo para ti, porque me encanta que ayer no celebrases algo que no has vivenciado aún, y te invito a que empieces a descubrirlo hoy, el día +1 del día de la mujer, esperando que dentro de un año salgas con esa manada de lobas a bailar, creyéndotelo de verdad, viviéndolo de verdad. Aquí nos tienes aullando, hermana, esperándote.

Luces

Todo comenzó así

Ponencia Congreso Trainers for the future, septiembre de 2019

Soy formadora y coach desde hace poco más de un año y freelance desde el 1 de septiembre de 2019, así que soy tan nueva en el oficio de formadora que aún tengo los plásticos y la alarma de seguridad puestos.

Vengo de una familia de autónomos, y debido a sus vivencias, le tengo pánico a la palabra autónoma. Por lo que no paro de explicar y requeteexplicar que no soy autónoma, que soy freelance. El lenguaje tiene un efecto tan poderoso en nosotros, que una experiencia puede ser buena o mala según nos contemos el cuento.

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