Luces

Aviones y tampones

Noviembre de 2019:

Acabo de llegar a Madrid, son las 7:40h de la mañana, llevo despierta desde las 5:00h. Eso no es lo importante, ni lo curioso. De nuevo, en pleno vuelo me ha venido la regla, sí, inesperada otra vez, cuatro días antes de lo debido, en los aires. En la primera ocasión me salvaron de un desastre las azafatas del avión pilotado por Vueling, en esta ocasión ha sido una camarera de la cafetería Faborit, bajo la torre Azca.

Hace un mes volaba en un vuelo de madrugada hacia Barcelona, para certificarme como facilitadora del Modelo Sikkhona. Me quedaba en casa de Laura, mi mejor amiga, por lo que mi maleta iba sólo con ropa y cuatro cosas importantes. Lo mejor de instalarte en la casa de una persona que es como una hermana para ti, es el abuso que puedes hacer de sus elementos de aseo, bisutería y si me apuras zapatos y ropa. Cuando voy a pernoctar en casa de una amiga, de una buena amiga, hago una maleta fácil, aunque siempre pienso en llevar un regalo, luego nunca lo hago, porque prefiero regalar plantas, así pago mis pernoctas y ese pacto no escrito de robarnos absolutamente todo.

-Ay, esta crema es para pieles sensibles, te la cojo, ¿usamos estas mascarillas que tienes ahí abandonadas? ¿Por qué no me prestas estos pendientes, que me van geniales? Ya te los devolveré.- A veces encuentro cosas en mi casa, o cosas en las casas de mis amigas que son de ellas o mías.

Hay algunas pertenencias, que pasan a ser de la otra persona, y si la quieres volver a usar se la tienes que pedir. Me ocurrió hace años, cuando vivía en Ourense con mi amiga Susi.

Tuvimos la estupenda idea de ser personas sanas y hacer deporte juntas. Era mi compañera de trabajo y pasábamos tantas horas juntas, tantas horas sentadas, que decidimos darle una vuelta a eso y mover el culo, nunca mejor dicho.

Sin hacer muchos preámbulos ni reflexionar nuestro impulso de salir a correr por la ladera Del Río Miño esa tarde, allá fuimos. Ni siquiera tenía zapatillas de deporte decentes, las últimas que había usado estaban en Salamanca, en casa de mis padres, o eso creía, si no las habían tirado porque en realidad tenían más años que yo misma. Salí a comprarme unas zapatillas de deporte, de esas que corren mucho, con la suela especial, los cordones especiales, la lengüeta especial; vaya de esas que sólo de mirarlas tienes la sensación de haber corrido por varios kilómetros. Me las calcé, y me puse una sudadera color rosa palo de la Universidad de Salamanca, adoraba esa sudadera, no me explico por qué la llevé puesta, pues ya entraba la primavera y eso en Ourense, significa estar en pleno verano. El hecho es que la llevé con mis poderosas zapatillas nuevas.

Cuando llegué al puente romano, donde había quedado con Susi, la vi tiritando, al parecer ella tampoco había elegido con cuidado su outfit para correr como pollos ese día, por lo que le presté mi sudadera rosa palo de la Universidad de Salamanca, la cual adoraba.

Sólo haré una mención a los escasos dos kilómetros que recorrimos: Patéticamente decepcionante. Acabamos jugando en un parque que hay a medio camino entre el puente y las termas de Outariz. Fue la primera y última vez que quedamos para correr. Ahora lo pienso y fue un error, porque hacía millones de siglos que ninguna de las dos hacía deporte, correr es aburrido y no habíamos establecido ningún plan. Si nos hubiésemos apuntado a clases de baile habríamos disfrutado mucho más. El hecho de esta historia es que Susi, a día de hoy, siete u ocho años más tarde sigue teniendo mi sudadera color rosa palo de la Universidad de Salamanca. Pero a mí esto me hace feliz, porque cuando la vea en su armario, cuando la vaya a visitar, diré:

-Anda mi sudadera de la uni, ¿me la prestas que hoy hace fresquito?

Porque ya no es mía, esa sudadera es de Susi, igual que son míos unos pantalones de animal print que me prestó con dieciséis años mi amiga Pachi, que me los puse hasta aburrirme de ellos, que estarán en algún lugar en casa de mi padres. 

¿Desapego a las cosas o solidaridad?

Las chicas que en estos dos viajes de avión me han prestado un tampón o una compresa, tampoco me lo pedirán, por razones evidentes. Que no se atrevan a decirme que las mujeres competimos entre nosotras, que nos pisamos y que no somos solidarias. En un avión, en una cafetería a punto de entrar en una reunión con un importante cliente, hasta tu mayor enemiga te buscaría un tampón dentro de un volcán, porque eso es precisamente lo que nos une. 

Escribo estas líneas mientras disfruto del café en el Faborit, donde de vez en cuando alzo la vista y miro a la chica que me ha “prestado” un par de compresas, tiene una cola inmensa, la gente que trabaja en el edificio Azca ha bajado a desayunar, tiene una sonrisa para todos los clientes, y se preocupa de qué tipo de leche quieren, les desea un feliz día. Casi nadie la mira a los ojos, no lo saben, no saben que es una heroína, que ha salvado la reunión a esta mujer, que toma un maravilloso café, y disfruta de momentos como éste en el que siente que hasta en una ciudad grande y a veces impersonal como Madrid, donde muchas personas son egoístas, hoy, una mujer desconocida ha ayudado a otra. Cuando acabe, apagaré el iPad, iré a mi importante reunión y saludaré de lejos a mi heroína, con una amplia sonrisa le enviaré desde la puerta todo mi cariño. 

Dedicado a todas las mujeres prestadoras de tampones.

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