Luces

Caminante no hay camino

He hecho el Camino de Santiago dos veces, además de varias etapas sueltas en alguna que otra ocasión. Todas ellas distintas. Ya no por el paisaje, lo que cambia de otoño a primavera, o por la compañía, sino también porque de alguna forma, yo he sido diferente en cada ocasión.

La primera vez tenía quince años, nunca olvidaré ese viaje con el instituto, durmiendo el albergues, cantando por los senderos, riendo a todas horas. Por las mañanas el baño de chicas se llenaba de vergüenzas y postureo, cosa que cambiaba por las tardes, cuando ya teníamos los pies llenos de ampollas. Recuerdo que uno de nuestros profesores llevó un libro en blanco, para que plasmáramos en él nuestros pensamientos y reflexiones. También recuerdo que lo llené de ellas, al lado de las firmas de mis compañeros donde escribían su firma con su «mote» durante hojas y hojas. Esos espacios los llené de poesías. Ojalá pudiese volver a ver ese cuaderno, porque cada vez que leo algún poema de mi adolescencia me baño de pureza y generosidad del alma. Con quince años tienes el alma pura, tienes el alma destrozada por el amor, desgarrada por la incertidumbre y llena de esperanza por el futuro.

Esa chica que con quince años hizo el camino no era la misma que lo hizo con veintinueve. Fue unos meses antes de casarme, y ahí no había cuaderno, tenía un gran conversador al lado que escuchaba todas mis reflexiones, todos mis pensamientos, y yo los suyos. Ahí me planteaba mi futuro laboral, mi futuro personal. Pero entonces, con el alma menos dolida que una adolescente, casi desde la serenidad, pero con la misma esperanza e ilusión. Recuerdo llorar al llegar a Santiago, no por el dolor de pies o de caderas de caminar durante días, sino por demostrarme a mí misma, de nuevo, que puedo hacerlo.

Esta semana caminé como mentora, con diferentes emprendedores con una gran humildad para pedir ayuda. Fue un hermoso día donde conocí a muchísima gente con una gran historia detrás. Amenazaba lluvia, y en cambio nos quemó el Sol. Una de ellas me comentó que casi no venía por esto –Dónde iba a ir con ese tiempo de perros. Luego se alegró tanto de haberlo hecho porque, precisamente ese día, se había dado cuenta de la estrategia que necesitaba para su negocio. –Que la lluvia no te pare. Si en Galicia nos quedásemos en casa cada vez que dan lluvia, nunca haríamos nada- Un amado sabio que tengo cerca dice esto.

Estos días, donde por otras circunstancias he tenido mucha ansiedad, pienso en el «Camino», en cómo algo tan sencillo como es la capacidad motora de hablar y andar cura el alma. Con cada paso vas solucionando tus «enredos«, con cada kilómetro ves más claro tu objetivo, y al llegar a la meta te das cuenta de que puedes hacerlo, y que puedes hacerlo bien. Lo más importante en el camino es respetar tu cuerpo, cuidar bien donde pones el pie para no lesionarte, ir con calma, planificar bien.

Esa primera vez que hice el camino con quince años escuché la frase- Camina como un viejo, y llegarás como un joven. Camina como un joven, y llegarás como un viejo.- Y después de resonar en mi cabeza varias veces este fin de semana, decidí no abarcar más de lo que podía hacer, decidí seguir caminando como una vieja…Y la ansiedad se evaporó como las gotas de lluvia en las hojas de los árboles.

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