Odios a mis vecinos

Maldita hoja en blanco

Pues sí…después de años predicando que es un cuento chino, aquí estoy yo, sufriendo el famoso «Síndrome de la hoja en blanco«.

Quizá sea porque (por suerte) he tenido mucho trabajo, o porque no he conseguido concentrarme, pero no he sido capaz de escribir nada que me apasionara desde hace un tiempo.

Tengo vocecillas internas que me insisten:

– Escribe en el blog, o, continúa con la novela.- Otras más relajadas, que son las que mejor me caen últimamente, me susurran:

– Pasa tronca, tú a trabajar y luego a dar paseitos por la playa, ahora no es tiempo de crear, o, qué más da publicar en 2020, es un año perdido, es un año nulo, cualquier matemático te dirá que el 0 no existe, pues fíjate pringada, este año tiene dos.

Veo en las noticias cantidad de ejemplos de escritores que crearon sus grandes obras maestras estando confinados y de verdad que me muero de la envidia. Yo quiero esa calma, esa quietud. Vivir en mi soñada casa de madera en el bosque y escribir todo el santo día, con la soledad.

Pero yo no tengo eso…Os pongo en contexto. Vivo en el peor edificio de vecinos de la historia. Y fui consciente de ello cuando empecé a trabajar desde casa. Es como vivir dentro de un comic de la Rúe del Percebe , pero sin que tenga gracia.

Yo vivo en un 7º, y en el 3º reside un adorable vecino que se dedica a tocar la batería durante horas todas las tardes. Le he llamado Percusión.

En el sexto vive Mariticidio una simpática jubilada que no tiene sentido de la privacidad, ya que mantiene la puerta de la calle y sus ventanas abiertas de manera constante, deleitándonos al resto de cohabitantes con su música salsera «a todo trapo» y con sus olores culinarios «tan sabrosos a buey enfermo». Y siguiendo el comic hacia arriba, nos encontramos con Anunciación, mi educada vecina de arriba, que se dedica a llamar a las 2 de la mañana a las videntes de la tele y contarles durante extensos minutos, a voces, sus problemas diarios.

Próximamente subiré al blog una nueva categoría llamada «Odio a mis vecinos» donde os contaré las historias de estos entrañables personajes.

¿Quién dijo que había que estar aislado para escribir? Ellos han desbloqueado mi síndrome de la hoja en blanco. Aunque quizá hayan bloqueado mi paciencia.

¿Qué pensarán las gaviotas?
Luces

¿Qué pensarán las gaviotas?

Desde ayer, las calles de las ciudades y pueblos han vuelto a llenarse de personas. A todas horas, nosotros, esos animales con ropas de colores y artilugios, hemos retomado los espacios que nos fueron vetados durante casi dos meses.

Salir a la calle, notar la brisa marina en la cara, el viento en el pelo, los rayos de sol sobre la piel se han convertido en preciosos tesoros gratuitos.

Desde hace casi 50 días A Coruña pertenecía a las gaviotas. Hace no mucho, una de ellas se posó en mi ventana. Llegó desde algún lugar indeterminado, no sé si desde la derecha o la izquierda, si desde abajo o desde arriba, de repente estaba ahí. Cerré el libro que estaba leyendo y me quedé observándola con detenimiento, no quería asustarla por lo que no hice ningún ruido ni aspaviento. Sólo podía preguntarme de dónde vendría, cuál sería su historia…

Iria era una joven gaviota, oriunda de Las Islas Cies. Se crió en uno de los famosos nidos del Alto del Príncipe con dos hermanos más. Cuando ya tuvo fuerza, tamaño y valor suficiente echó a volar hacia el salvaje y hermoso Océano Atlántico. Un buen día, cuando contaba dos inviernos, le dijo adiós a su madre, para quizá no volver a verse nunca.

Iria adoraba planear muy cerca de la superficie del océano, le gustaba sentir el agua salada bajo sus alas y el viento sobre su cara. No obstante, la competencia y la inseguridad de vivir en alta mar le hizo acercarse a la costa. Durante cinco inviernos más, vivió en la costa de Vigo, cada día iba desde la capital, por el puente de Rande hasta Cangas, y cuando caía la noche volvía al enorme puerto de Vigo, donde esperaba ansiosa la llegada de los barcos pesqueros por la mañana.

Una noche, mientras dormía tuvo un enfrentamiento con un gato callejero, mucho más fuerte, con más hambre y desesperación que ella, asustada escapó y echó a volar. Durante toda la noche agitó sus alas tierra adentro, huyendo, para curar sus heridas, ya ni si quiera olía el mar cuando decidió descansar a la orilla de un río. A la mañana siguiente, le llegó un olor familiar, en el aire se dibujaba invisible el aroma a pulpo cocido. Se acercó a un puente, un antiguo puente romano de donde provenía esa delicia olorosa. Otras gaviotas paseaban por el puente, cercanas a las mesas donde los humanos comían despreocupados. Estas esperaban su oportunidad para hacerse con algo de comida, que de forma casi imperceptible caía al suelo. Una de las gaviotas se le acercó tímidamente- Hola, soy Uxia, tú no eres de por aquí, ¿verdad?

-Hola, soy Iria…No, yo soy de las Islas Cíes, he acabado aquí…no sé muy bien por qué razón, algo me atacó una vez, algo me asustó otra. Y ahora no sé dónde estoy, al menos veo que no soy la única gaviota. ¿Cómo se llama este lugar?

-Vaya, las Islas Cíes, siempre he querido ir, nunca he visto el océano, a pesar de ser una gaviota. Que yo recuerde, siempre he estado aquí. Esto se llama Ourense.

Con un gesto de sorpresa se dirigió a su nueva amiga. – ¡Ourense! Recuerdo a algunas de las vecinas de las Islas donde me crié hablar de este lugar. Dicen que aquí se come fenomenal.

-Uy, no lo sabes bien Iria, ven, te enseñaré cómo aprovechar la comida que los humanos dejan caer.

Durante dos inviernos más, Iria, junto con su entrañable amiga Uxía, descubrió como llenar su panza sin cazar, era feliz, tenía todo lo que una gaviota pudiese desear, o casi todo. Hasta que un día vio a lo lejos una furgoneta que portaba tablas de surf, no sabía lo que esto era, pero recordaba que los humanos las usaban en el mar…-Ay el océano…cómo lo echo de menos- Pensó tristemente.

Y sin grandes despedidas, Iria voló hacia donde su olfato le guió, buscaba su amado Océano Atlántico, y tras unos días de reposo en Santiago de Compostela, llegó a A Coruña.

Le pareció un sitio perfecto para comer, para dormir, y para formar la ansiada familia que tanto deseaba desde hacía un tiempo. Tras días recorriendo la ría de A Coruña, pasando por las playas de Santa Cristina, Bastiagueiro, Riazor…decidió montar un nido en el faro de Oza. Estratégicamente era el mejor lugar de la ciudad para criar, a pesar de la amenaza de las camadas de gatos salvajes.

Un mes después de llegar a la ciudad, Iria tuvo tres polluelos. Conoció el amor por primera vez, y estaba dispuesta a dar su vida por ellos, y enseñarles todo lo que había aprendido. Pero mientras esto pasaba, notaba que las cosas habían cambiado, que los humanos…ya no salían, que estaban encerrados en sus nidos.

Volaba por la ciudad constantemente, buscando terrazas donde los humanos comiesen despreocupadamente y poder llevarles alimento a sus polluelos. Sin éxito, ya que no había ninguna. Se encontraba con pocos humanos y muchos perros Una tarde soleada, Iria estaba cansada de volar, y se posó donde nunca antes pensó que lo haría, en el quicio de una ventana. Mi ventana.

En este momento conocí a Iria, ella no me conoció a mí. El reloj marcó las ocho de la tarde y la música y los aplausos comenzaron a sonar desde las ventanas, en ese momento, asustada por el ruido, desapareció de mi vida, de la misma manera que había llegado. Ahora, en mi paseo diario de un kilómetro de diámetro, busco a Iria entre las gaviotas de A Coruña, y me pregunto cómo estará. Seguro que ha conseguido sacar sus polluelos adelante, porque en momentos así, lo que vivimos en nuestra vida cobra el mayor de los sentidos. Lo que aprendemos de niños, como Iria a cazar, lo retomamos en los momentos difíciles de nuestra vida. Todo forma parte de un ciclo, nunca jamás me cuestionaré si lo que estoy haciendo sirve para algo, aunque sea aprender a coser, porque puede que…mañana…lo necesite.

Hasta siempre Iria, nos veremos en las terrazas, y prometo que dejaré que se me caiga un trocito de pulpo o un cacho de pan, para ti.

Sombras

Barricadas y descubrimientos

Hoy he encontrado en mis documentos el relato de algo que me ocurrió al principio de mi aventura como autónoma. Algo triste entonces, que ahora que lo miro con perspectiva y con la serenidad que aporta el tiempo, estoy agradecida a que me ocurriese. ¿La razón? He aprendido mucho de ello y algunos cambios que he provocado que ocurriesen después, han sido derivados de este acontecimiento.

En la cuarta semana de confinamiento, invito a que reflexionéis y recordéis qué cosas «malas» os han ocurrido, y cómo estas mismas os han traído otras cosas «buenas» después. Esta es la historia:

Una noche de Octubre del 2019 tomé un vuelo desde Santiago de Compostela, lo primero que me di cuenta es que el aeropuerto de Santiago no tiene nada que ver con el de A Coruña. Hay muchos más vuelos y además muchas tiendas y cafés. Pensé – Qué maravilla así mato el tiempo más rápidamente.- Pero era un vuelo nocturno y sólo estaba abierta una cafetería, así que encontrarme con todas esas persianas bajadas, pocas personas en el aeropuerto me hizo tener morriña del aeropuerto de A Coruña, un espacio ínfimamente más pequeño, pero más acogedor. 

En la pista de despegue nos esperaba un avión regional de Iberia, donde a pie de pista guardaron en la bodega todo el equipaje de mano, monté en el avión y la mujer que tenía a mi lado empezó a trabajar. No quería husmear en sus asuntos, pero no pude evitar echar un vistazo, ya que no tenía otra cosa con la que distraer mi atención, por la ventanilla no se veía nada, no había televisión, y no quería sacar mi ipad para repasar la clase del día siguiente. Al cabo de un rato de observar con la mayor discreción que se puede hacer esto, comencé a sentirme culpable, porque esa mujer a las doce de la noche estaba trabajando en un aburridísimo caso judicial y yo estaba procrastinando a llegar al hotel para repasar a vista de pájaro las metodologías docentes del día siguiente, por lo que finalmente encendí mi ipad, mientras el piloto nos avisaba que comenzábamos el descenso en el aeropuerto de Bilbao. Ni siquiera una hora, tardó más en llegar el taxi a mi hotel que el vuelo en sí.

Era la primera vez que estaba en Bilbao, me quedé asomada a la ventanilla todo el traslado en taxi, observando la ría, no podía esperar al día siguiente a darme un paseo y conocer y respirar toda esa belleza.

Llegué nerviosa al aula de formación dónde iba a liderar un grupo dos días, pero gracias a la amabilidad de Eva, la encargada de que todo estuviese en orden para los alumnos y para mí, los nervios se pasaron rápido. Las personas fueron llegando poco a poco, sentándose, les fui saludando uno a uno, dándoles la bienvenida, hasta que finalmente se cerró la puerta y dije:

-Buenos días a todos y bienvenidos a la formación ***** soy Lorena Fernández, y seré vuestra “profe” durante estos dos días. He de confesaros algo, me gusta mucho jugar, así que venga, levantaos de la silla y venid conmigo al final de la clase, os propongo que hagamos una presentación diferente, coged dos fotos, una que os……-

Me encanta esta formación, al principio despierto odios, porque hago que los alumnos salgan constantemente de su zona de confort, y les hago exponerse, además de que no dejo de enseñarles técnicas de comunicación que tiran por tierra lo que ellos hacen día a día. Al final de la formación esas ampollas de odio se acaban convirtiendo en amor incondicional, porque han interiorizado el cambio y descubierto que todo era necesario, que tienen que salir de su comodidad y desaprender para volver a aprender de nuevo y eso no se puede hacer estando sentado en una mesa, siendo un sujeto pasivo, han de moverse y de ser parte del ecosistema de la formación. 

Fue mi primer grupo de la formación **** acabé la misma con un discurso que me salió del corazón, improvisado en ese momento.

– Lo primero que quiero hacer es daros las gracias. Llevo dos días diciéndoos que hacéis las cosas mal, y ahora quiero poner en valor vuestro papel. Cada uno de vosotros sois seres únicos y maravillosos, no perdáis vuestra esencia porque es lo que os hace ser excepcionales. Esta formación se imparte a personas, y no a robots, pensad la razón. Y ahora os contaré otro secreto, en un aula el que más aprende es el formador, no los alumnos, gracias por dejarme ver lo que hay detrás de vuestro nombre, por permitirme conoceros y por permitirme ayudaros a ser mejores profesionales. Y ahora quiero que me deis todos un abrazo y un beso, y antes de marchar que me escribáis en la pizarra lo que os lleváis de esta formación.-

Una persona lloró, y ¿Por qué lo hizo? Por los vínculos que se crean en un aula, porque la crítica constructiva, el respeto mutuo y el fin común de aprender son mágicos, y curan el alma.

Después de comer con algunos de mis alumnos volví a coger un taxi hacia el aeropuerto de Bilbao, fui recordando la cantidad de personas especiales que conocí, el último del que me despedí fue Iker, que fue cargando con mi maleta a todos sitios, que llevaba una camiseta de la casa Stark de Juego de tronos. Los vascos son personas maravillosas, al principio cuesta acceder pero luego son incondicionales. 

Aterricé a la tarde en el aeropuerto del Prat, y tomé un taxi hasta mi hotel en la calle Valencia de Barcelona, en medio de las manifestaciones y disturbios por la condena a los presos políticos. Llevaban ya dos días de protestas. Estaba agotada y no quería cenar fuera, mi hotel no tenía room service, así que fui a un supermercado que tenía enfrente, para mi deleite tenían sushi, así que cené sushi mientras veía el telediario, con Barcelona en llamas, me asomaba a la calle y veía a la gente tan tranquila paseando a sus perros, miraba la tele y veía contenedores arder. Me llamaba mi marido, mis padres, mis hermanos y amigas.

-Hija sal de Barcelona, mira todo lo que está pasando, parece una guerra.-

-La verdad mamá, es que yo miro la tele y veo una cosa, me asomo por la ventana y veo otra. Tranquila, todo está bien, además tengo una responsabilidad muy importante, unas personas me esperan mañana para aprender cosas nuevas, no puedo fallar.-

Acabo apagando la tele, enciendo mi ipad para dar un repaso a los contenidos de la formación, ceno mi sushi, plancho la ropa el día siguiente y me quedo dormida con el inesperado sonido de sirenas de policía y helicópteros y pensé – Ups, me pondré los tapones en los oídos que mañana es un día importante.-

Tomé un taxi hacia el centro de formación, nada más llegar me encontré con una antigua homóloga, nos saludamos de forma muy cariñosa, y le conté mi historia. Preparé el aula y poco a poco comenzaron a llegar los alumnos. Di comienzo a la formación de la misma forma que hice en Bilbao. El día transcurrió maravillosamente, el grupo era muy participativo, muy dinámico, me lo pusieron muy fácil. Durante la comida vino la responsable del departamento de formación, sorprendida por mi colaboración. Mi sentido arácnido me indicó que algo no iba bien, sus palabras decían una cosa, su mirada otra. Me recordó a esa escena de la película Titanic, cuando a la madre de Rose le dicen: le miras como un insecto, un insecto al que has de aplastar.

Esa tarde me fui a cenar con dos queridos amigos, descubrí, gracias a ellos, un restaurante chino que me fascinó y que los contenedores quemados dejan una huella en el asfalto, que me recordó al lugar donde estuvieron depositados los restos de un oso en Somiedo. No repasé la clase del día siguiente, sabía que con ese grupo no tenía que forzar dinámicas, les estaba gustando, las estaban disfrutando, las iban a recibir de buena gana.

Era viernes y desde las 8 en punto se cortó el servicio de taxi y algunas calles de Barcelona. Estaba en duda que consiguiera dar la formación ese día, pues quizá no llegasen suficientes alumnos. Fui caminando ya que no tenía otra forma de llegar, con la maleta y la mochila hasta arriba. Estaba a unos diez metros de la puerta del centro cuando noté algo mojado caer por mi pelo y cara, no tardé más de medio segundo en reconocer que era una cagada de pájaro, una enorme cagada de pájaro. Me metí en el baño del centro a todo correr, mi pelo, mi cara, mi ropa llenas de caca. Por suerte, el chico de la limpieza me ayudó a lavar mi pelo, me cambié rápidamente de ropa y fui directa a empezar el show.

Cuando entré en el aula, me llevé una inmensa alegría, ya habían llegado la mitad de los alumnos sin incidencias. A los pocos minutos aparecieron más, y finalmente llegaron todos. Fue maravilloso ver cómo hicieron el esfuerzo, porque tuvieron que hacer verdaderos esfuerzos para estar allí conmigo, se lo agradeceré siempre.

La formación fue rodada y finalicé con mi discurso de despedida.

-Gracias por el esfuerzo que habéis hecho para estar conmigo hoy, para poder completar esta formación. No recordaré la misma como la semana de los disturbios, ni como la vez que me cagó un enorme pájaro antes de entrar en clase. La recordaré por haberos conocido a todos y cada uno de vosotros.

Poco a poco fueron marchando, después de muchos besos y abrazos y de escribirme en la pizarra el “qué te llevas”.

Ahí comenzó una aventura a la que bauticé como videojuego, porque iba saltando de un reto a otro.

Mi avión salía de vuelta a Santiago de Compostela a las 16.10h, eran las 14.00h, no había taxis y probé con un cabify, éste consiguió llegar a los 15 minutos. Primera pantalla superada.

Francisco, mi conductor, un chico encantador que ponía rock fm como emisora, ya con este detalle me ganó, demostró ser un auténtico conseguidor. Ya estaba formada la concentración y poco a poco los manifestantes iban tomando las vías principales del centro. Nos cerraron el paso hasta en dos ocasiones, dos ocasiones que yo di por acabado el juego, porque se plantaron delante del coche y no dejaban pasar. Pues no sé cómo, Francisco vio un hueco entre la calzada y la acera donde pudo meter el coche para seguir adelante, lo celebramos aplaudiendo. Al final, saltando de obstáculo en obstáculo, Francisco consiguió dejarme en el aeropuerto a tiempo para coger mi vuelo. 

-Francisco, Fran, ¿qué vas a hacer ahora?-

-Lorena, me voy a casa, hoy ya no trabajo más.-

Le di las gracias, un par de besos de despedida. El mejor conductor que he tenido nunca.

Nunca vi el Prat tan vacío como ese día, habían cancelado casi la mitad de los vuelos, por suerte el mío estaba operativo, aunque no me quedé tranquila hasta que el avión despegó.

Llegue a Santiago poco antes de las 18.00h. Ahí acabó el videojuego, o eso pensaba yo.

Una semana después de las felicitaciones, del éxito, de conseguir el aforo completo, de impartir esta bonita formación, y de conocer a tantas maravillosas personas recibo una llamada que me deja noqueada. Porque aquella empresa decidió que no hiciese más trabajos para ellos. En mi videojuego con esta empresa se ha puesto un GAMEOVER.

No me pararon las barricadas, los aviones, las manifestaciones, los pájaros con colitis…sí me paró la opinión de incomodidad de una persona, de la madre de Rose de Titanic. Con esto extraigo dos reflexiones. Una que he de hacer más caso a mi intuición, no falla. Dos…aún la sigo reflexionando, mucha incomprensión hacia mi veto, por no tener justificación, aún sigo esperando que me lo expliquen…sólo sé que es porque la madre de Rose se sintió incómoda por ser antigua compañera…en fin…

Gameover a la formación ***** en la empresa *****. Tengo mil pantallas más que pasar en millones de videojuegos. No pasa nada, es una piedra en el camino. Porque como repetía en esta formación una y otra vez, cuando alguien decía – Qué difícil- Yo le respondía:

-Nadie dijo que fuera fácil.-

Un sábado cualquiera
Luces

Un sábado cualquiera

Hoy hace una semana que no salgo de casa, como la gran mayoría de españoles. Y desde que ha comenzado todo esto me he dedicado a analizar el comportamiento de las personas, cómo actuamos de forma individual, dentro de nuestros grupos familiares o de trabajo y también, cómo actuamos en las redes sociales.

Y es hoy, sábado, después de haber hecho mi rutina de yoga, cuando me pongo por primera vez frente al ordenador a escribir sobre las cosas que me han llamado la atención en este tiempo. Y es que esto, para mí, comenzó como un juego de observación y desapego, quizá haya sido la manera de relacionarme con el miedo, o con la tristeza que te puede atravesar el alma al conocer la cantidad de personas que están sufriendo. Y ese juego lo he convertido en un cuento con unos personajes cuanto menos peculiares. Personajes con los que cualquiera se puede identificar, porque lo curioso de estos días es que nos hemos convertido en críticos de lo que dos días después, muchos hemos terminado haciendo.

El escenario es el mundo, las ciudades y pueblos en las que ahora los pequeños animales están entrando con cuidado, mirando a un lado y a otro, temerosos de que algún coche, algún cazador, algún ser humano al fin y al cabo amenace su vida. Son los ratones, las liebres, las hormigas y arañas, los caracoles, las gaviotas y palomas, incluso los gatos y perros abandonados, poco a poco empiezan a hacerse de nuevo con ese pedazo de tierra que también les pertenece, pero del cual les hemos echado por no saber convivir con ellos. A los ratones les matamos, a las liebres las cazamos, a las hormigas y arañas, ¿qué me decís? El escenario lo completan los transeúntes que van ligeros al centro de trabajo donde no tienen más remedio que acudir, son el personal sanitario, el comercial, los bancarios, los jardineros y basureros municipales…Junto con ellos, que caminan rápido para no perder tiempo, para no ser contagiados, están los osados que van a la compra varias veces al día y que pasean al perro durante horas.

El contexto: un virus amenaza la vida de los seres humanos y quien se contagia o muere o se convierte en zombi...¡Ay perdón! Eso deben pensar las personas que han conseguido que en HBO la película más vista sea «Guerra mundial z».

Los personajes los estoy trabajando aún, de momento han aparecido estos, pero tengo la sensación de que semana a semana se irá llenando la lista, el casting va a estar muy ajustado. Os presento al elenco inicial: Hombres grises faltos de empatía, los curas predicando en las redes sociales sin alzacuellos pero con librerías detrás llenas de libros que jamás han leído, otro personaje para mí son los aplausos de las 20:00h de la tarde (merecen ser personaje igual que Macondo lo era en Cien años de soledad), las personas hipocondriacas que van con bolsas de plástico en la cabeza mientras hacen la compra (me pregunto en qué estado estarán ahora, no se les ha vuelto a ver), los perros que se preguntan si ha llegado el momento de dar un golpe en la mesa y ser ellos la especie dominante, el empresario que antepone el negocio a la salud (aquel malvado de los comics, o como Scar en el rey león), la persona que predijo que esto iba a ocurrir (me la imagino en casa diciendo al aire: ¿Y ahora qué? con impotencia porque sabe que aunque se hubiese sabido en realidad, en el fondo, muy en el fondo, ¿qué más se podría haber hecho?), y está la persona que sólo ha comprado plátanos y cocacolas (sí,existe).

El hilo argumental son las emociones, los valores y lo que nos mueve y nos resuena a cada uno de nosotros, que pertenecemos a una tribu. ¿Te has identificado con alguno? Yo he pasado por unos cuantos ya, les entiendo, empatizo con ellos. Y no dejo de recordar algo que se aprende en el coaching y es que las personas no somos…las personas hacemos. Y yo desde hace días hago, hago lo que puedo, intento mantener el equilibrio con el «dar» y el «mantener a flote mi chiringuito». No salgo a la calle más que para tirar la basura cuando esta ya empieza a tener personalidad propia, salgo al balcón todos los días a las 20:00h, ya no por agradecer sino también por llorar y reír con esos vecinos que nunca hablo en el ascensor, intento hacer la vida más sencilla y feliz a las personas con las que convivo, llamo a mi familia todos los días (cosa que antes no hacía tanto). Sigo reciclando, sigo haciendo compras responsables, sigo teniendo lo justo en la nevera, sigo pensando en dar clases a largo plazo y sigo creyendo en la fuerza del ser humano, porque pienso firmemente que no es bueno resguardarse y afrontar el miedo detrás de una máscara invisible, una máscara que consiste en lapidarnos y criticarnos unos a otros. Ayudémonos, ayudémonos de verdad, como ya mucha gente lo está haciendo.

Hace días pedí a mis amigos y mi familia que dejaran de bombardearme de información sobre el coronavirus por el whatsapp, hace días que mis clases online y mis sesiones de coaching y mentoría las enfoco a cómo amoldarse a la situación actual, a no luchar con ella, a asumirla y autogestionarse lo mejor posible, a no desbordarse dando o quitando a los demás, a no consumir tanta fakenews ni horas ingentes de televisión absurda oyendo una y otra vez hablar de lo mismo.

Pero como el personaje de los curas en redes sociales ya no me cae muy bien…Prefiero no hacer lo mismo que él. Así que simplemente a quien lea este post le invito a que haga una reflexión: ¿Qué puedes hacer por ti y por las personas con las que compartes espacio ahora mismo? Nadie mejor que uno mismo sabe la respuesta acertada…Y ahora me doy cuenta de que en realidad este no es un sábado cualquiera. Porque no todos los sábados hago el esfuerzo por hacer reír a los duendes que habitan mi piso, no todos los sábados hago deporte con consciencia, no todos los sábados hago un puré de verdura para aprovechar lo que queda en la nevera, no todos los sábados juego al ajedrez, ni todos los sábados hago una party-videollamada con mis amigas, no todos los sábados habría escrito esto después de una gran reflexión. Es un sábado, sencillamente, genial.

Y tú, ¿haces o eres?

Bailando con lobas
Luces

Bailando con lobas

Este fin de semana ha sido uno de los más bonitos que he vivido en los últimos tiempos. Y digo bonito porque he comprendido y vivenciado lo que es la verdadera hermandad y sororidad entre mujeres.

Escribo la entrada hoy y no ayer, porque realmente me tomé el día de la mujer como una fiesta, como una celebración. Y aunque escribir para mí es uno de los mayores placeres, preferí vivir, mirar, sentir, bailar con esa manada de lobas que llenó las calles de A Coruña.

¿Y por qué es tan importante para mí el día de la mujer que decidí estar de «boli caído»? Porque es un día que no se queda en las palabras, en el que estas no sólo se pronuncian sino que se saborean. A pesar de coronavirus y amenaza de lluvia ahí estaba toda la ciudad, y me gustaría pensar que a quienes no estaban, les llegó la vibración de nuestros cuerpos y pudieron sentir una mano en el hombro aquellas mujeres y niñas que no pudieron asistir porque tenían una persona o personita a la que cuidar, una amenaza de su jefe que si acudían a la huelga es que no están comprometidas y buscarán otra persona…ojalá a todas vosotras os llegase lo que en las calles se vivió y no os sintieseis solas.

Especialmente pensé en aquellas que no salieron, no porque no pudieron sino porque piensan que con ello nada se va a conseguir. Y esencialmente lo piensan porque un día no puede cambiar la historia, los importantes son los 364 que quedan por luchar, por vivir, por celebrar lo conseguido. He decidido desde mi lugar en el mundo, que el día de la mujer sean esos 364 que no se celebran empezando por mí. Respetándome más, siendo más flexible, menos exigente, más disfrutona. Dejar de imponerme las reglas sociales a mi vida y empezar a cuestionar si las cosas que deseo en realidad las quiero o las lucho porque es lo que se supone que debo hacer.

Hoy escribo esta entrada por mí. Por mí, y por esa mujer que espero que esté leyendo estas líneas, aquella mujer que ayer no salió porque pensaba que no iba a servir para nada, que no tiene un grupo de amigas que le animó a salir, que tiene unos padres enfermos, que vive en el rural, que tiene una lucha interna, que se siente fuera de lugar, a la que han educado con otros valores y creencias… Lo escribo para ti, porque me encanta que ayer no celebrases algo que no has vivenciado aún, y te invito a que empieces a descubrirlo hoy, el día +1 del día de la mujer, esperando que dentro de un año salgas con esa manada de lobas a bailar, creyéndotelo de verdad, viviéndolo de verdad. Aquí nos tienes aullando, hermana, esperándote.

Sombras

Tropezón en un escalón

Estaba en las escaleras, con un pie retorcido, las manos sangrientas y mirando hacia el final de la escalera. No vi mi vida pasar en un segundo, no pensé en absolutamente nada más que salvar mi vida, y mi cuerpo reaccionó rápidamente para ello. Y, ¿qué hubiera ocurrido si mi cuerpo no hubiese reaccionado? Probablemente me habría abierto la cabeza. Por suerte sólo me llevé una fisura en el dedo gordo del pie, hematomas y contusiones en la cadera izquierda y brazos.

En ese momento no pensé en nada más que salvarme. Me senté en la escalera, me quité mis incomodísimas sandalias de tacón, me agarré mis doloridos pies y me quedé llorando, sola, con mis magulladuras, a punto de haberme caído rodando por unas empinadas escaleras. Sabedora de que nadie me iba a auxiliar, a nadie más le iba a doler, nadie podría haberme salvado la vida más que yo. Comprendí entonces que realmente nacemos y morimos solos, llegado a esto…¿Por qué dejó que todos dirijan mi vida?

Cierto es que ya había decidido dejar mi trabajo y dedicarme a mi pasión, y creía que recibía mensajes constantemente, aunque muchas veces no les hiciera caso.

Recientemente me he dado cuenta de que no soy una buena captadora de señales, cuando no son en el buen sentido, mi cerebro vive en una fiesta feliz, donde nada malo pasa, donde las cosas siempre van a ir bien, y donde confío en cualquier persona que me mira a los ojos.

Aún estoy procesando que las personas te engañan, que te usan, que te ven cojear por la calle, o por la oficina pero nadie te pregunta, nadie te acaricia la espalda, nadie te abraza y te dice: «eh no pasa nada, todo va a salir bien.» La gente va a lo suyo, se fusionan con su pantalla del ordenador y no ven el mundo, se quedan inmersos en una conversación de whatsapp o facebook ajenos a que un coche les puede atropellar si no levantan la cabeza para mirar la carretera. Aunque a veces te miran a los ojos, miran tu cojera y tus manos sangrientas y…siguen a lo suyo, porque tienen mucha prisa por llegar a algún sitio que no se va a mover, o por hacer una tarea que no era tan importante.

Sé que soy algo dramática, no lo puedo negar, pero me han pasado un par de cosas en la vida, o más de un par que me hacen creer en esta afirmación: a la gente le da igual.

Estuve de baja por accidente laboral, y realmente no importaba cómo estaba, cómo me sentía.

-¿Cómo estás, cuando vuelves?-Me preguntaban algunos colegas.- Quita el cómo estás, porque realmente no me quieres escuchar, pregunta cuando vuelves, al menos sé honesto. 

No me preguntes cómo ha sido la caída porque te preocupas de que me haya hecho más daño o para solucionar el acceso a la escalera, di que me preguntas porque si es un parte de accidente has de pagarme el 100% de la baja y quieres conocer si se puede poner otra causa y soltar menos pasta.

Y como iba diciendo un par de párrafos arriba, no soy buena en captar señales, cuando estas indican que algo malo va a pasar. Pero estoy aprendiendo a escucharme a mí misma, mi cuerpo,mi mente, a callar esas vocecitas que escucho a mi alrededor, que me juzgan, que me dicen lo que tengo que hacer: estudia esto, haz este trabajo, sonríe más, habla menos, pon a los jefes en copia oculta, echa una arenga a tu becaria, no pierdas el tiempo con clientes, no les des más de media hora a cada uno …Y mi mente y mi cuerpo me cantan al unísono una preciosa melodía: hazlo Lorena, sólo tienes una vida, y puede que te vuelvas a caer por una escalera, al menos se feliz cuando lo hagas.

Sombras

Tumbada sobre la alfombra

Puede que pasaran horas, o sólo unos minutos, simplemente sé que fue eterno aquel momento en el que estuve tumbada sobre la alfombra de mi despacho, con la bata puesta y una lágrima resbalando por mis mejillas.

En ese momento supe que algo no iba bien, evidentemente. No quería encender la radio y escuchar mi programa favorito de Radio 3, no quería incorporarme del suelo para hacer mi práctica de yoga diaria, no quería si quiera desayunar mi avena y mi zumo. Simplemente quería estar ahí…tumbada…mirando al techo, mirando mis libros, mirando todas las chorradas bonitas que compro para mi despacho. 

Recuerdo que estaba amaneciendo, por la ventana veía el gran Seixo Branco despertar entre los bostezos atronadores del Océano Atlántico chocando contra él, los anaranjados rayos de sol se posaban tímidamente sobre la cristalera de A Coruña, algunos barcos pesqueros regresaban a puerto. Pensaba que ellos sí que son duros…hasta con la mala mar, han salido de noche a hacer su trabajo, y yo aquí en bata sin ser capaz de moverme, inmóvil ante un fantasma que no lograba ver.

Esos rayos anaranjados pronto fueron blancos, y alumbraban el Parque Europa como hacía semanas que no lo hacían, por fin había dejado de llover, pero en mi cabeza reinaba una tormenta con aguaceros y relámpagos.

Eran vacaciones de navidad, lo recuerdo porque pronto llegaron a mis oídos las risas de los niños que en vacaciones les llevan a hacer actividades al parque. 

Quizá fueron sus risas las que me despertaron de ese letargo en el que me encontraba, y finalmente, en alguna hora indeterminada de la mañana fui capaz de levantarme de mi preciosa alfombra.

¿Qué me estaba pasando? No escuchaba mi corazón, sólo la tormenta que tenía en mi cabeza. Tenía que callar ese ruido, pero…¿Cómo hacerlo?

– Qué fácil es ayudar a los demás – pensé- y qué complicado aplicar mis consejos a mí misma.

-Sal a dar un paseo, haz una huelga hoy contigo misma, aprovecha este maravilloso día que se aparece en tu ventana- me decía, pero ya vestida, peinada e incluso con la mochila en la mano, no era capaz de cruzar el umbral de la puerta.

El universo no podía ponerme la solución más en bandeja. Literalmente era el primer día soleado en un mes, las calles estaban abarrotadas de personas alegres, de niños, perros, incluso había quien volaba cometas, fuera había un gran espectáculo, y mi alfombra no me ofrecía todas esas cosas.

¿Qué me faltaba para salir y unirme a ese frenesí diurno? Cambiar de escenario a veces es lo mejor que se puede hacer. Cogí mi ipad, una libreta, mi móvil y fui a un maravilloso café de la marina. Puse mi sesión de spotify favorita y mientras saboreaba un té, comencé a escribir. Me uní de otra manera a ese frenesí diurno, si los teclados fuesen material fácilmente inflamable, habrían salido llamas de él, lo gasté. Escribí hasta que vi en la pantalla la solución de lo que me estaba pasando. 

Y es que había dejado una empresa para ser freelance, para colaborar con quien quisiera en los proyectos que me motivasen…y realmente no lo había hecho…mi ipad me habló ese día, igual que me había hablado el Seixo Branco, igual que me hablaron las risas de los niños en el parque…elige con quién quieres andar…ahora eres libre…

Ese día decidí dejar otro camino en mi vida, a veces tienes que soltar algunas amarras para que tu barco zarpe. Ahora ha pasado algo más de un mes desde que lo decidí y he descubierto un mundo maravilloso que estaba detrás de todo ese ruido. Necesitaba soltar aquella lágrima, pasar esas horas tumbada en la alfombra de mi despacho, para retomar de nuevo mi camino. 
Gracias alfombra, gracias señales de la vida.

Sombras

Los cambios

A la mayoría de las personas los cambios les ponen nerviosos. Incluso les pueden sacar de quicio hasta los pequeños detalles. Hay un importante porcentaje de la población que sufre los denominados “TOCS”, que son esas manías compulsivas que no se pueden dejar de hacer, como por ejemplo, aquellos pisan la franja blanca de los pasos de peatones siempre con el mismo pie. O aquellas personas que entran casi en brote psicótico cuando se mueve un elemento de su hogar, como un mando a distancia.

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Luces

Todo comenzó así

Ponencia Congreso Trainers for the future, septiembre de 2019

Soy formadora y coach desde hace poco más de un año y freelance desde el 1 de septiembre de 2019, así que soy tan nueva en el oficio de formadora que aún tengo los plásticos y la alarma de seguridad puestos.

Vengo de una familia de autónomos, y debido a sus vivencias, le tengo pánico a la palabra autónoma. Por lo que no paro de explicar y requeteexplicar que no soy autónoma, que soy freelance. El lenguaje tiene un efecto tan poderoso en nosotros, que una experiencia puede ser buena o mala según nos contemos el cuento.

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