Sombras

Tumbada sobre la alfombra

Puede que pasaran horas, o sólo unos minutos, simplemente sé que fue eterno aquel momento en el que estuve tumbada sobre la alfombra de mi despacho, con la bata puesta y una lágrima resbalando por mis mejillas.

En ese momento supe que algo no iba bien, evidentemente. No quería encender la radio y escuchar mi programa favorito de Radio 3, no quería incorporarme del suelo para hacer mi práctica de yoga diaria, no quería si quiera desayunar mi avena y mi zumo. Simplemente quería estar ahí…tumbada…mirando al techo, mirando mis libros, mirando todas las chorradas bonitas que compro para mi despacho. 

Recuerdo que estaba amaneciendo, por la ventana veía el gran Seixo Branco despertar entre los bostezos atronadores del Océano Atlántico chocando contra él, los anaranjados rayos de sol se posaban tímidamente sobre la cristalera de A Coruña, algunos barcos pesqueros regresaban a puerto. Pensaba que ellos sí que son duros…hasta con la mala mar, han salido de noche a hacer su trabajo, y yo aquí en bata sin ser capaz de moverme, inmóvil ante un fantasma que no lograba ver.

Esos rayos anaranjados pronto fueron blancos, y alumbraban el Parque Europa como hacía semanas que no lo hacían, por fin había dejado de llover, pero en mi cabeza reinaba una tormenta con aguaceros y relámpagos.

Eran vacaciones de navidad, lo recuerdo porque pronto llegaron a mis oídos las risas de los niños que en vacaciones les llevan a hacer actividades al parque. 

Quizá fueron sus risas las que me despertaron de ese letargo en el que me encontraba, y finalmente, en alguna hora indeterminada de la mañana fui capaz de levantarme de mi preciosa alfombra.

¿Qué me estaba pasando? No escuchaba mi corazón, sólo la tormenta que tenía en mi cabeza. Tenía que callar ese ruido, pero…¿Cómo hacerlo?

– Qué fácil es ayudar a los demás – pensé- y qué complicado aplicar mis consejos a mí misma.

-Sal a dar un paseo, haz una huelga hoy contigo misma, aprovecha este maravilloso día que se aparece en tu ventana- me decía, pero ya vestida, peinada e incluso con la mochila en la mano, no era capaz de cruzar el umbral de la puerta.

El universo no podía ponerme la solución más en bandeja. Literalmente era el primer día soleado en un mes, las calles estaban abarrotadas de personas alegres, de niños, perros, incluso había quien volaba cometas, fuera había un gran espectáculo, y mi alfombra no me ofrecía todas esas cosas.

¿Qué me faltaba para salir y unirme a ese frenesí diurno? Cambiar de escenario a veces es lo mejor que se puede hacer. Cogí mi ipad, una libreta, mi móvil y fui a un maravilloso café de la marina. Puse mi sesión de spotify favorita y mientras saboreaba un té, comencé a escribir. Me uní de otra manera a ese frenesí diurno, si los teclados fuesen material fácilmente inflamable, habrían salido llamas de él, lo gasté. Escribí hasta que vi en la pantalla la solución de lo que me estaba pasando. 

Y es que había dejado una empresa para ser freelance, para colaborar con quien quisiera en los proyectos que me motivasen…y realmente no lo había hecho…mi ipad me habló ese día, igual que me había hablado el Seixo Branco, igual que me hablaron las risas de los niños en el parque…elige con quién quieres andar…ahora eres libre…

Ese día decidí dejar otro camino en mi vida, a veces tienes que soltar algunas amarras para que tu barco zarpe. Ahora ha pasado algo más de un mes desde que lo decidí y he descubierto un mundo maravilloso que estaba detrás de todo ese ruido. Necesitaba soltar aquella lágrima, pasar esas horas tumbada en la alfombra de mi despacho, para retomar de nuevo mi camino. 
Gracias alfombra, gracias señales de la vida.

1 pensamiento sobre “Tumbada sobre la alfombra”

  1. Las tormentas siempre son buenas, aunque a veces parece que arrasan solamente, lo hacen para dejar paso a lo nuevo. Y ocurre que casi siempre lo nuevo es mejor…

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